9.02.2012

MORDIENTE


(Por Rosa  Campos, Miembro del Grupo de Literatura La Sierpe y el Laúd)

Era una palabra que nunca la había aplicado  a la literatura hasta que la escuché la noche en que celebramos los treinta años de vida de La Sierpe y el Laúd: mordiente. La pronunció Bartolomé Marcos -Catedrático de Lengua y Literatura, profesor de Comunicación Audiovisual y articulista, además de uno de los fundadores en activo del grupo literario- la dijo mientras  conversábamos en el ágape que tomamos en el salón camaleónico y educativo del Aula Cultural de Cajamurcia. “La literatura tiene que tener mordiente”,  fue literalmente una de sus frases y yo -con toda la atención desplegada, como la  aprendiz constante que creo y quiero ser- la guardé con regocijo, como se guarda una perla que se ha encontrado  en una concha que la suerte te ha mostrado.
Hasta esa noche, lo más normal es que relacionara directamente mordiente con grabado. Este líquido cáustico que se  utiliza para erosionar la línea dibujada abriendo una brecha que la hará indeleble, fijando la expresión plástica que se quiere comunicar, es un corrosivo potente que muerde el cuerpo sobre el que se vierte. La noche en que la escuché venía referida a ese toque irónico, mordaz, que debe estar presente en la literatura, aunque tanto el emisor como la receptora sabíamos que la metáfora podía ser bastante más extensiva.
La literatura es ese arte de la palabra que  se manifiesta a partir de sus tres dimensiones indispensables -quien escribe, lo escrito y quien lo lee- válidas para todos sus géneros, ofreciendo una unidad indisoluble, y que al llegar al último componente -el lector- representa una auténtica fuente de riqueza con bastantes veneros, desde los que puede aplicar esa “sustancia mordiente”. Múltiples son las aportaciones   que nos brinda en nuestro vivir aquí y ahora, con todo lo que eso significa; la aportación de ironía y sátira nos enseña a ver con una veta humorística,  tan necesaria para que no nos ahoguemos en las penas de las tragedias ordinarias, y no digamos de las extraordinarias; la aportación de valores humanos nos estira por dentro,  siendo este el único crecimiento que no mengua con el tiempo; la contextualización del entorno donde se ubica la historia, con su geografía y su pasado correspondiente, la creación de un futuro en el que visualizamos un porvenir donde quepamos todos, con los derechos y las obligaciones acertadamente repartidas. Paisajes futuristas bien enmarcados por la tragedia de la devastación que conlleva el regirse por la estupidez y la negligencia. La literatura ejerce toda esa labor sigilosa desde la que nos invita  a soñar; a ser parte de otros; a conocer los sentires –de todo tipo- que laten en los cuerpos humanos; a desdeñar lo que destruye  invitándonos a arrojarlo  sin contemplaciones de nuestra vida;  a divertirnos desde el humor y la gracia; a viajar  a dónde y cuándo el dinero no nos puede acercar.
Y porque es muy difícil disociar cualquier tema,  al que se le dedique un poco  de tiempo,  de las desgracias económicas que nos llueven a cántaros en estos tiempos –incluyendo los países devastados por la hambruna-, creo que puede ser entendible el nexo que a continuación procuro establecer entre literatura y algunos gestores  de lo económico-social, y desde ahí me temo que acaso se haya leído muy poco, o se haya hecho de puntillas, con los ojos de la emoción y del entendimiento entornados,  o que se eludieran muchos de los mensajes  vitales, o que para servirse de ellos solo se anduviera preparado de fachada pero no de puertas adentro. Si  leemos con consciencia no cabe duda de que seremos “mordidos”  por la literatura, y eso hoy , como siempre,   es necesario, porque en ella se halla lo que sabemos, o quizá intuimos,  pero no atinamos a ponerle nombre; lo que ignoramos pero que está esperando encontrarnos; lo que de verdad nos conduce a nosotros y acto seguido a los demás y acto seguido a la naturaleza entera; lo que puede ayudarnos a comprender y a comprendernos  -como mejor forma de administrar el  perdón-. Puede, incluso, motivar a romper las jerarquías del poder monetario -en cualquiera de sus mascaradas- a través de sus historias, frases, versos, para que nadie diga que no se le avisó con tiempo. Entre sus páginas, entre su transmisión oral, entre su edición hablada, están todos los personajes con todas las fortalezas y las debilidades, con los posibles roles que se puedan ejercer y  que puedan caber en el entendimiento humano.
Leer o releer de nuevo, recordar frases que se multiplicaron al sembrarse  como las dichas por  Cervantes (1547-1616) “Cada cual Sancho, es hijo de sus obras”;  Virginia Woolf (1882-1941)    “Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha comido bien”;  Hermann  Hesse (1877-1962)  “El que persigue ese yo auténtico persigue al mismo tiempo la norma de toda vida, pues el yo más intimo es igual en todos los hombres”;  Albert  Camus (1913-1960) “La libertad no es más que la oportunidad de ser mejor” ; Doris Lessing ( 1919)“La biblioteca es la más democrática de las instituciones, porque nadie en absoluto puede decirnos qué leer, cuándo y cómo”  o    Pilar López  (1919) “Y si yo hubiera sido /suficientemente  tacaña, / os hubiera legado /algo más que palabras”
 Los lectores tenemos suerte de que  los hombres y mujeres que nos dejan su legado literario, no convivan con la tacañería -como dice nuestra poeta-, que hayan sabido ser generosos dándose en cada uno de sus textos, como si fuera su única fuente de riqueza; como árboles fecundos, cuya cosecha –al igual que su leña- no es justo desperdiciar. Y es que la literatura, con su “mordiente”, es una  auténtica provocación que puede ayudarnos a encender  mejor la vida

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